La penetración de las tecnologías digitales ha transformado profundamente la vida de niños, niñas y adolescentes. El acceso temprano a dispositivos, la presencia masiva en redes sociales y la exposición a riesgos digitales está dejando huellas preocupantes en la salud mental y emocional de la infancia y de la adolescencia.
Las consecuencias del consumo de contenido inadecuado, la violencia digital y la sobreexposición a plataformas y servicios digitales han convertido el uso de pantallas en la infancia en un problema de salud pública. No se trata solo de amenazas externas, como el ciberacoso o la pérdida de privacidad, sino también de consecuencias más sutiles, como la fatiga mental, la presión por la imagen personal o la reducción de la interacción cara a cara, que afectan al desarrollo emocional y social de los más jóvenes.
Para responder adecuadamente ante un reto de tal dimensión, es esencial comprender con precisión el impacto digital en el bienestar de la infancia. Por ello, UNICEF España junto con la Universidad de Santiago de Compostela, el Consejo General de Ingeniería Informática y Red.es, ha elaborado el informe Infancia, Adolescencia y Bienestar Digital en el que se ha consultado a cerca de 100.000 estudiantes de entre 10 y 20 años, que ofrece una radiografía actualizada y rigurosa sobre su relación con la tecnología.
Acceso temprano y uso intensivo de dispositivos
Uno de los datos más significativos es la edad de acceso al primer teléfono móvil: 10,8 años de media. El móvil se ha convertido en un elemento central en la vida cotidiana, en el ocio y en la interacción social. El 44,3% lo lleva al centro educativo a diario y el 41,2% duerme con él en su habitación, lo que incrementa el riesgo de uso nocturno, la falta de descanso y una exposición a los principales riesgos que aparecen duplicadas respecto a los que no lo hacen.
Redes sociales: conexión y vulnerabilidad
El 92,5% de los adolescentes está registrado en al menos una red social y el 75,8% en tres o más. Plataformas como WhatsApp, YouTube, TikTok e Instagram lideran las preferencias. Aunque estas redes ofrecen oportunidades para la socialización y la creatividad, también generan riesgos: un 8,9% dedica más de cinco horas diarias a ellas durante la semana, cifra que se duplica en fines de semana. El uso problemático afecta al 5,7% del alumnado, con mayor prevalencia entre chicas y en Bachillerato. Este patrón se asocia a malestar emocional, peor calidad de vida y mayor riesgo suicida.
Cabe destacar el papel de las violencias digitales en sus relaciones de pareja, donde encontramos que el 31,3% refiere haber sufrido de manera frecuente conductas de control de sus amistades, de su ubicación a través de los dispositivos e incluso la revisión no consentida del teléfono móvil
Salud mental y bienestar
El estudio revela que el 14,2% de los adolescentes presenta síntomas de malestar emocional, el 13,1% sintomatología depresiva y el 7,4% riesgo suicida elevado. Las diferencias por género son claras: las chicas muestran mayores niveles de ansiedad, depresión y somatización. Sin poder atribuir todas estas cuestiones exclusivamente a la exposición tecnológica, es indudable que su impacto a nivel psicológico y social nos recomiende abordarse como un problema de salud pública.
Conductores de riesgo: sexting y contacto con desconocidos
Aunque se observa un descenso respecto a 2021, las conductas de riesgo siguen presentes. El 14,9% ha practicado sexting pasivo y el 6,4% sexting activo; el 9% ha sufrido presiones para enviar imágenes íntimas y el 2,9% chantajes o intentos de sextorsión. Además, el 58,4% ha hablado con desconocidos en Internet y el 14,3% ha quedado en persona con alguien conocido exclusivamente online. Estas prácticas se asocian con mayor malestar emocional y riesgo suicida.
Pornografía y educación afectivo-sexual
El 29,6% del alumnado ha consumido pornografía alguna vez, con una edad media de acceso de 11,5 años. El consumo problemático afecta al 7,9%, y uno de cada cinco adolescentes que la consume presenta patrones de uso excesivo. A pesar de ello, el 69,9% no habla nunca o casi nunca sobre sexualidad en casa, lo que refuerza la necesidad de educación afectivo-sexual en los centros: el 48,4% demanda más actividades formativas en esta área.
Videojuegos y apuestas
El 53,5% juega a videojuegos al menos una vez por semana y el 18,7% todos los días. Uno de cada cuatro menores consume videojuegos PEGI 18, lo que se relaciona con mayores tasas de acoso y ciberacoso. El 1,7% presenta un posible trastorno por uso de videojuegos. En cuanto a apuestas, pese a ser ilegales para menores, el 11,1% reconoce haber jugado dinero alguna vez, y el 2,4% muestra indicadores de juego problemático.
Indicadores positivos y retos
Hay señales alentadoras: el 58,5% manifiesta necesidad de desconexión digital y casi la mitad pide más educación afectivo-emocional. Además, se observa un descenso en sexting y contacto con desconocidos respecto a 2021, lo que indica una mayor conciencia social. Sin embargo, los riesgos persisten y exigen respuestas coordinadas.
Propuestas de acción
El informe plantea medidas clave, entre otras:
- Desarrollar una Estrategia Nacional que garantice la protección digital de la infancia, con participación de familias, escuelas, sector tecnológico y los propios adolescentes.
- Exigir la rendición de cuentas a las compañías tecnológicas acerca del impacto de sus productos y servicios en los derechos de la infancia.
- Fortalecer la educación afectivo-sexual y la mediación parental.
- Promover espacios de convivencia y ocio sin pantallas.
- Impulsar la alfabetización digital y mediática desde la infancia.
- Regular el uso del móvil en centros educativos.
Promover un uso seguro y saludable de la tecnología es una responsabilidad social que nos concierne a todos. El uso de pantallas por niños, niñas y adolescentes no solo constituye un problema de salud pública, sino que también debe abordarse desde la educación y la responsabilidad social.
Un enfoque basado en los derechos de la infancia permite diseñar medidas que equilibren la conectividad con la creación de entornos digitales protectores, fomenten el desarrollo de competencias digitales y tengan en cuenta la voz de los propios jóvenes. De este modo, es posible aprovechar las oportunidades que ofrece la digitalización, prevenir riesgos y evitar una brecha intergeneracional, garantizando que la tecnología contribuya al bienestar y al desarrollo de toda la infancia.
